El problema de la droga (4)

# F. J. Villatoro #

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Germán M., por ejemplo, tiene 18 años y su padre, un empresario adinerado de Madrid, "no sospecha que en un rincón de casa hay escondidos 400 tapones rosas ". Como tampoco sospecha que en unos meses ha ahorrado casi 3.000 euros (medio millón de pesetas) trapicheando con pastillas.foto
¿Cómo un pijo adolescente acaba vendiendo cada fin de semana 100 rulas mientras se traga otras 20? La paga paterna se le quedaba corta y sus ganas de marcha eran demasiado grandes. Se enredó en una compra de móviles robados y contrajo una deuda que no sabía como pagar. Estuvo a punto de echar mano de su padre, pero el miedo a su reacción le llevó a escuchar el consejo de otro amigo. "Me fiaron 500 pastillas a tres euros (500 pesetas) y yo las coloqué a seis (1.000), el precio al que se siguen pasando". Está tan enganchado que con menos de 15 pastillas por noche no se coloca. Para distribuir no tiene problema. "Todos me conocen. No tengo más que subir a la pista y me piden", explica.
José Luis D., un compañero suyo de COU, también de 18 años, que toma una o dos rulas cuando sale, dice que en los últimos meses Germán está como atontado. "A veces le dices una cosa y te lo hace repetir, le cuesta entenderte", explica, y teme que sea un efecto de las pastillas. Sospecha que su amigo acabará mal. El consumo de quienes rondan la treintena es muy diferente. Daniel M. tiene 28 años, es ingeniero agrónomo y trabaja en una empresa de la construcción en Madrid. No tiene reparos en calificarse como "pastillero", pero asegura que, si en lugar de drogarse con éxtasis "dos fines de semana al mes" se tomara tres copas de coñac cada día después de comer, no tendría que ocultar su verdadero nombre ni el de la empresa para la que trabaja.